Las sierras
La vida en las sierras es tranquila, todo pasa despacio, con su propio ritmo.
Pese a nuestra pobreza el lugar donde vivimos es lindo, en serio.
Unas sierras bajas, mucha vegetación, unas cuantas pircas, a pocos metros el río Yuspe, muchas vertientes.
Si la familia hubiera estado más unida, con más amor, hubiera sido una vida feliz.
Pero no, la miseria era una corrosiva capa que cubría todo. Mis papás estaban cansados, cansados de luchar y de vivir así.
De mis hermanos los que me trataban bien eran el mas grande, Carlitos, y la única mujer María. Oscar, Pedro y Daniel eran malos, se burlaban todo el tiempo de mi, yo hacía las cosas mas despacio, lloraba cuando mataban una lagartija, le tenía miedo al agua y a las víboras, hablaba mal y pocas semanas atrás me hacía encima.
Cuando empecé a ligar un par de rebencazos por cada ensuciada tuve que aprender a la fuerza.
Todos iban a la escuela del cura menos María (ella solo debía aprender a ayudar a Mamá) y yo.
Por eso mis mañanas eran tranquilas, me quedaba sentado mirando a María que lavaba, fregaba y cocinaba cuando había comida, repetía palabras y ella me iba corrigiendo con paciencia.
Al mediodía caían todos y se terminaba la paz, llegaba Papá que me miraba con mala cara, siempre, yo era como una espina, cómo podía ser tan lento, casi bobo.
Pero la tortura empezaba después de la siesta, cuando Carlitos se iba a vender piedras de mica a los porteños que iban a la cascada del Yuspe. Él era el futuro de la casa, generoso, piola, medio pillo pero bien, responsable y tozudo. Él era el único que podía salir de todo eso, el único que iba a llegar lejos. En el pueblo lo querían todos y el cura especialmente mostraba su predilección. Si, el si iba a poder salir, seguro.
Ahí los otros empezaban a torturarme y pobre de María si se metía a defenderme.
Igual sobreviví, no les guardo rencor pero tampoco les tengo nada de cariño, nada.
Un miércoles de Febrero, a las cinco de la tarde viene corriendo Pedro, a los gritos.
-Mamaaaaaaá, Mamaaaaaá, al Carlitos lo pisó un auto ¡!!!!
Todos salieron enseguida para el pueblo, no se porqué, yo lloraba.
Todavía no entendía nada.
Cuando llegamos ya estaba muerto, en el dispensario, tapado con una sabana toda mugrienta.
Papá estaba hablando con Núñez, uno de los policías, que se encogía de hombros.
Hacía un rato se fue Viñas, un porteño dueño de un gran campo, que era el que con su camioneta lo chocó a mi hermano.
Volvimos muy tristes, no solo estaba muerto, sino que teníamos que esperar para que nos dejen enterrarlo y además al que lo había hecho no le iba a pasar nada, la justicia no era para los pobres.
A los dos días fue el entierro, estaba medio pueblo y hasta me pareció ver que el Cura Mendioroz lagrimeaba también.
Yo no dejé de llorar y llamar a Carlitos en ningun momento, dejé de comer, dejé de aprender palabras y temblaba hasta cuando dormía.
Desde ese día mi Papá me pegaba por cualquier cosa, cómo podía ser que la vida le saque el mejor hijo y le deje al tonto, a ese que cuando saca el cinto se caga encima como un perro.
El cura vino a los diez días a hablar con mi Papá.
Había usado todas sus influencias, Viñas estaba preso, y se iba a ocupar que siguiera así, aunque tuviera que pelearse con toda la curia. Se sabía en La zona que la palabra del cura era santa, firme como una piedra. Iba a cumplir.
Cuando se iba de casa se sentó a hablar conmigo cinco minutos, me regaló un caramelo, me revolvió el pelo y se fue con una sonrisa extraña en el rostro, mientras movía la cabeza con un aire de resignación.
Me gustó, me cayó bien pese a cierta brusquedad en sus modales.
Imposible imaginarme en ese momento que el Cura iba a ser tanto para mi.
Papá estaba hablando con Núñez, uno de los policías, que se encogía de hombros.
Hacía un rato se fue Viñas, un porteño dueño de un gran campo, que era el que con su camioneta lo chocó a mi hermano.
Volvimos muy tristes, no solo estaba muerto, sino que teníamos que esperar para que nos dejen enterrarlo y además al que lo había hecho no le iba a pasar nada, la justicia no era para los pobres.
A los dos días fue el entierro, estaba medio pueblo y hasta me pareció ver que el Cura Mendioroz lagrimeaba también.
Yo no dejé de llorar y llamar a Carlitos en ningun momento, dejé de comer, dejé de aprender palabras y temblaba hasta cuando dormía.
Desde ese día mi Papá me pegaba por cualquier cosa, cómo podía ser que la vida le saque el mejor hijo y le deje al tonto, a ese que cuando saca el cinto se caga encima como un perro.
El cura vino a los diez días a hablar con mi Papá.
Había usado todas sus influencias, Viñas estaba preso, y se iba a ocupar que siguiera así, aunque tuviera que pelearse con toda la curia. Se sabía en La zona que la palabra del cura era santa, firme como una piedra. Iba a cumplir.
Cuando se iba de casa se sentó a hablar conmigo cinco minutos, me regaló un caramelo, me revolvió el pelo y se fue con una sonrisa extraña en el rostro, mientras movía la cabeza con un aire de resignación.
Me gustó, me cayó bien pese a cierta brusquedad en sus modales.
Imposible imaginarme en ese momento que el Cura iba a ser tanto para mi.

1 Comments:
Y????????????
Quiero leer maaaaaaaas!!!
Muy bueno! Muy bueno!!
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